martes, 15 de enero de 2013

Libertad propia y libertad ajena.

   Son las tres de la madrugada. Detrás de los arbustos esperamos la señal. Han sido diecisiete días agotadores y los tres últimos, a cuestas con las escaleras, más. Prácticamente no hemos tenido tiempo de descansar, pero no me importa. Sólo quiero que acabe todo pronto, pasar la frontera y encontrar la felicidad y la libertad. Aquí, en África, es casi inexistente. Toda mi vida trabajando para conseguir un trozo de pan y arroz para compartir con mis siete hermanos y mi madre. Si logro pasar la frontera encontraré un buen trabajo y podré enviar dinero a mi madre.

   Se oye la señal y salimos corriendo hacia la verja con las escaleras. Rezo por última vez y empiezo a escalar. Recibo unos cuantos golpes que me dejan dolorido y algo mareado, pero no paro. ¿Por qué? ¿Acaso somos tan diferentes? Creo que yo también soy persona.

   Llevo ya dos años en España, en Madrid.Tengo un buen trabajo. Ocho horas, en una fábrica, y cientoveinte euros al mes. Un lujo. Lo único que no entiendo de este país es el porqué de tanta queja. Cada dos por tres salen a la calle con pancartas, silbatos y frases exigiendo más. Siempre mantendré la idea de que si llevasen a todos ellos al poblado donde "viví", querrían volver a las pocas semanas. El ser humano siempre quiere más.

   Siempre quiere más libertad.

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