lunes, 14 de enero de 2013

No es por dinero.


No se de dónde me llegan los golpes... ni si quiera sé que hago aquí... solo fue hace unos meses cuando salí por la puerta de casa sin coger las llaves. Enferma... Veo, en un reflejo, la tela negra brillante del guante de la contrincante y caigo redonda al suelo. Se acabó... ¡por fin! Tirada, agotada, en este suelo gris, de goma dura, me pongo a pensar qué es lo que me ha traído hasta aquí.

Recuerdo perfectamente que ese día nevó... era un lunes normal, fui a clase, comí, estudié... y entonces la casa se inundó de gritos y golpes en las paredes, de gotas que iban a rebasar un vaso que ya llevaba tiempo lleno. Hice lo que me dijo, lo que me gritó. Cuando acabé abrí la puerta y me largué. Empecé a andar... me daba igual todo. Mi mente quería irse lejos, pero mi cuerpo llegó hasta un banco de un barrio cercano. Me senté, y sin quererlo, me dormí. A la mañana siguiente me desperté con una manta que no tenía y unas monedas a mis pies. Lloré... lloré hasta que mi cuerpo descargó todo lo acumulado. Miré el móvil y me quedaba un 20% de batería así que lo apagué. Me tenía que ir de esa ciudad pequeña... y pensaba en Madrid. Me encaminé a la estación de autobuses y observé y esperé y tracé, puede, el plan más simple y complicado que se me ocurrió. Cuando se subieron todos los pasajeros al autobús y el conductor después, salí corriendo y me metí con delicadeza en el enorme maletero, justo antes de que lo cerrara. Ya... lo sé... ¡ni yo me lo creí! Cuando el autobús arrancó, a ciegas, busqué algún rincón poco visible y me senté. Cuando llegamos a Madrid salí antes de que los pasajeros cogieran su equipaje y me puse a andar. Pronto oscureció y me dediqué a buscar algún jardín dónde dormir. No dormí... pero sin embargo mis dedos de los pies y de las manos sí. No pude moverme hasta que el Sol me calentó y pude empezar a reaccionar. Perdí la cuenta de los días que estuve recibiendo dinero sin querer en la calle. Comía lo que podía... pan, unas rodajas de jamón de york,... para la bebida fue más complicado ya que en invierno las fuentes las cierran. Unas imbéciles empezaron a insultarme. No sé de dónde cogí fuerzas. Estaba cabreada con el mundo y ya no me quedaban lágrimas para desahogarme... me levanté y, sin saber cómo, empecé a lanzar puñetazos y, para mi asombro, ninguno al aire. Salieron corriendo. Yo, con una sonrisa en la boca, una victoria merecida y desahogada, me desmayé. Me desperté en un sofá, con otra manta que no era la mía, un zumo de naranja encima de una mesita, en un ático. Me asusté y me levanté rápido. Un hombre apareció por la puerta y me dijo que me tranquilizase, que me había desmayado y me ofreció un zumo. Debió leerme la mente al mirarme a los ojos porque en seguida me dijo: “no te he hecho nada, simplemente te tumbé en el sofá”. No se por qué eso me tranquilizó y él siguió: “Te vi pelear. Eres buena. ¿Por qué no pruebas el boxeo? Ganarías dinero. Yo te entrenaré. ¿Qué me dices?” A pesar de que su manía de hablar con frases cortas me estaba irritando, acepté. Me dejó una habitación en su casa y me entrenó prácticamente todos los días de la semana. No tenía mucho que hacer, solo le conocía a él. Pasados unos meses me inscribió en campeonatos. Algunos perdí, otros gané y poco a poco me fui familiarizando con este mundo. Pensar en mi familia era lo que me daba fuerzas para seguir adelante en los combates, y no precisamente por mi amor hacia mis padres... Sin embargo, echaba mucho de menos a mi hermana pequeña... pensaba en ella todos los días, sin excepción. Encontré un trabajo y conseguí dinero suficiente para pagarme mi propia casa. No traía mucho conmigo así que el móvil y la manta las metí en un cajón. En el último combate, perdido, fui directa al hospital. Sentí que no iba a sobrevivir. Lo primero que hice al llegar a casa fue encender el móvil. 15% de batería. Y muchas llamadas, y muchos mensajes. Y solamente dos eran de ellos. Uno decía: “¿piensas volver? Tienes que recoger tu habitación.” Y el otro: “Hemos cambiado la cerradura. Que te vaya bien.” Vaya... ni si quiera se dieron cuenta de que no cogí las llaves... me cabreé mucho... ¡muchísimo! Y con todas mis fuerzas quise lanzar el móvil por la ventana pero entonces sonó. Era mi tía. Cogí. Casi muero cuando me dijo que mi hermana estaba enferma y que su operación era muy cara. Colgué, sin poder hablar. Me senté en el suelo y lloré toda la noche. Se lo conté al único amigo que hice, Luis, del gimnasio, y me propuso la mejor idea de mi vida: combate benéfico. ¡COMBATE BENÉFICO! Se me debió de iluminar la cara porque Luis quiso empezar a organizarlo desde ese mismo momento. Hablamos con mi representante y pensó que debía luchar contra alguien grande, alguien por el que la gente pagase mucho por verlo. A todos nos vino la misma persona a la cabeza. Ella. La misma que en el último combate me mandó directa al hospital. Empezamos a organizar todo y conforme se iba acercando la fecha, yo me sentía más nerviosa.

“¡DOS!” ¿DOS? Tengo que levantarme antes del tercer golpe... La gente ya vitorea su nombre. ¡NO! Lo tengo que hacer... por mí... por mi hermana. Me apoyo sobre las manos y con un esfuerzo enorme coloco los dos pies en el suelo y me levanto. Se hace un silencio, seguido por el murmuro. ¿No os lo esperabais eh? Está vez será ella la que irá derechita al hospital. Me giro y tiene esa cara de perra malhumorada que me incita aún más a destrozarla. Alzo la vista hacia el cartel en el que está la foto de mi hermana. Respiro hondo. Y la miro a ella. Cambia su expresión totalmente, se le nota el terror en los ojos. El árbitro da comienzo a la pelea de nuevo y con un movimiento rápido le planto un puñetazo en la cara, otro en el vientre y un codazo en la espalda. Cae redonda. Sinceramente... me lo esperaba más difícil. Pero me alegro de que no haya sido así. Cuando el árbitro me levanta el brazo en señal de vitoria no puedo mas que llorar.

Ya está... tengo tu dinero hermanita.

No hay comentarios:

Publicar un comentario