No se de dónde me llegan los golpes...
ni si quiera sé que hago aquí... solo fue hace unos meses cuando
salí por la puerta de casa sin coger las llaves. Enferma... Veo, en
un reflejo, la tela negra brillante del guante de la contrincante y
caigo redonda al suelo. Se acabó... ¡por fin! Tirada, agotada, en
este suelo gris, de goma dura, me pongo a pensar qué es lo que me ha
traído hasta aquí.
Recuerdo perfectamente que ese día
nevó... era un lunes normal, fui a clase, comí, estudié... y
entonces la casa se inundó de gritos y golpes en las paredes, de
gotas que iban a rebasar un vaso que ya llevaba tiempo lleno. Hice lo
que me dijo, lo que me gritó. Cuando acabé abrí la puerta y me
largué. Empecé a andar... me daba igual todo. Mi mente quería irse
lejos, pero mi cuerpo llegó hasta un banco de un barrio cercano. Me
senté, y sin quererlo, me dormí. A la mañana siguiente me desperté
con una manta que no tenía y unas monedas a mis pies. Lloré...
lloré hasta que mi cuerpo descargó todo lo acumulado. Miré el
móvil y me quedaba un 20% de batería así que lo apagué. Me tenía
que ir de esa ciudad pequeña... y pensaba en Madrid. Me encaminé a
la estación de autobuses y observé y esperé y tracé, puede, el
plan más simple y complicado que se me ocurrió. Cuando se subieron
todos los pasajeros al autobús y el conductor después, salí
corriendo y me metí con delicadeza en el enorme maletero, justo
antes de que lo cerrara. Ya... lo sé... ¡ni yo me lo creí! Cuando
el autobús arrancó, a ciegas, busqué algún rincón poco visible y
me senté. Cuando llegamos a Madrid salí antes de que los pasajeros
cogieran su equipaje y me puse a andar. Pronto oscureció y me
dediqué a buscar algún jardín dónde dormir. No dormí... pero sin
embargo mis dedos de los pies y de las manos sí. No pude moverme
hasta que el Sol me calentó y pude empezar a reaccionar. Perdí la
cuenta de los días que estuve recibiendo dinero sin querer en la
calle. Comía lo que podía... pan, unas rodajas de jamón de
york,... para la bebida fue más complicado ya que en invierno las
fuentes las cierran. Unas imbéciles empezaron a insultarme. No sé
de dónde cogí fuerzas. Estaba cabreada con el mundo y ya no me
quedaban lágrimas para desahogarme... me levanté y, sin saber cómo,
empecé a lanzar puñetazos y, para mi asombro, ninguno al aire.
Salieron corriendo. Yo, con una sonrisa en la boca, una victoria
merecida y desahogada, me desmayé. Me desperté en un sofá, con
otra manta que no era la mía, un zumo de naranja encima de una
mesita, en un ático. Me asusté y me levanté rápido. Un hombre
apareció por la puerta y me dijo que me tranquilizase, que me había
desmayado y me ofreció un zumo. Debió leerme la mente al mirarme a
los ojos porque en seguida me dijo: “no te he hecho nada,
simplemente te tumbé en el sofá”. No se por qué eso me
tranquilizó y él siguió: “Te vi pelear. Eres buena. ¿Por qué
no pruebas el boxeo? Ganarías dinero. Yo te entrenaré. ¿Qué me
dices?” A pesar de que su manía de hablar con frases cortas me
estaba irritando, acepté. Me dejó una habitación en su casa y me
entrenó prácticamente todos los días de la semana. No tenía mucho
que hacer, solo le conocía a él. Pasados unos meses me inscribió
en campeonatos. Algunos perdí, otros gané y poco a poco me fui
familiarizando con este mundo. Pensar en mi familia era lo que me
daba fuerzas para seguir adelante en los combates, y no precisamente
por mi amor hacia mis padres... Sin embargo, echaba mucho de menos a
mi hermana pequeña... pensaba en ella todos los días, sin
excepción. Encontré un trabajo y conseguí dinero suficiente para
pagarme mi propia casa. No traía mucho conmigo así que el móvil y
la manta las metí en un cajón. En el último combate, perdido, fui
directa al hospital. Sentí que no iba a sobrevivir. Lo primero que
hice al llegar a casa fue encender el móvil. 15% de batería. Y
muchas llamadas, y muchos mensajes. Y solamente dos eran de ellos.
Uno decía: “¿piensas volver? Tienes que recoger tu habitación.”
Y el otro: “Hemos cambiado la cerradura. Que te vaya bien.”
Vaya... ni si quiera se dieron cuenta de que no cogí las llaves...
me cabreé mucho... ¡muchísimo! Y con todas mis fuerzas quise
lanzar el móvil por la ventana pero entonces sonó. Era mi tía.
Cogí. Casi muero cuando me dijo que mi hermana estaba enferma y que
su operación era muy cara. Colgué, sin poder hablar. Me senté en
el suelo y lloré toda la noche. Se lo conté al único amigo que
hice, Luis, del gimnasio, y me propuso la mejor idea de mi vida:
combate benéfico. ¡COMBATE BENÉFICO! Se me debió de iluminar la
cara porque Luis quiso empezar a organizarlo desde ese mismo momento.
Hablamos con mi representante y pensó que debía luchar contra
alguien grande, alguien por el que la gente pagase mucho por verlo. A
todos nos vino la misma persona a la cabeza. Ella. La misma que en el
último combate me mandó directa al hospital. Empezamos a organizar
todo y conforme se iba acercando la fecha, yo me sentía más
nerviosa.
“¡DOS!” ¿DOS? Tengo que
levantarme antes del tercer golpe... La gente ya vitorea su nombre.
¡NO! Lo tengo que hacer... por mí... por mi hermana. Me apoyo sobre
las manos y con un esfuerzo enorme coloco los dos pies en el suelo y
me levanto. Se hace un silencio, seguido por el murmuro. ¿No os lo
esperabais eh? Está vez será ella la que irá derechita al
hospital. Me giro y tiene esa cara de perra malhumorada que me incita
aún más a destrozarla. Alzo la vista hacia el cartel en el que está
la foto de mi hermana. Respiro hondo. Y la miro a ella. Cambia su
expresión totalmente, se le nota el terror en los ojos. El árbitro
da comienzo a la pelea de nuevo y con un movimiento rápido le planto
un puñetazo en la cara, otro en el vientre y un codazo en la
espalda. Cae redonda. Sinceramente... me lo esperaba más difícil.
Pero me alegro de que no haya sido así. Cuando el árbitro me
levanta el brazo en señal de vitoria no puedo mas que llorar.
Ya está... tengo tu dinero hermanita.
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