miércoles, 21 de noviembre de 2012

¡Mi vida es una mierda! Vale... pero, ¿de qué base partes?

¡Es una niña pija, una niña de papa! ¿Qué se cree? Quien me mandaría a mi coger el teléfono... Tiene mejor trabajo que yo, una vida resuelta y no para de quejarse.


No aprecia lo que tiene. Ella podrá comer todos los días, no depende de un cuerpo, de su dignidad. Yo llevo dos días sin comer ¡DOS! por no tener suficientes clientes. No me puedo permitir subir los precios.


Se me acaba la droga y la paciencia. Otro día más buscando la jeringuilla entre las sábanas de seda roja, manchadas de semen y babas, sudor y arrepentimiento, mientras otro espécimen casado se sube el pantalón, ata la bragueta y recoloca el peluquín.


Especímenes... no tienen otro nombre... Los desprecio y los necesito a la vez. Sensación horrible. Dieciocho años, y cada vez que abro las piernas o la boca, sin tener ni siquiera tiempo para remordimientos, recuerdo el sabor de un trozo de carne, un plato de pasta. Cualquier tipo de comida caliente. Cualquier tipo de sabor que haga que me olvide del sabor a carne arrugada y agria.


 El australopitecus, al abandonar la cueva y la habitación del prostíbulo, coge el coche, satisfecho de su costumbre de todos los martes a las ocho de la tarde, y se va a casa con su mujer y sus tres hijos después de: “un día duro en la oficina”, no sin antes haberme tirado el dinero al suelo.


He perdido la goma del brazo. Me pincharé igual. Me queda poco. Recorrer estos pasillos de madera vieja y olvidada, como nosotras. Cortinas rotas, astillas, escalones comidos por las termitas y escondite de las ratas. Habitaciones crujientes y rojas, mi “hogar”. Sabía que en su cajón habría algo de coca. Suficiente para no enterarme del próximo ente.


Uno a uno pasa por mi hogar, y por mi.


Un padre enfermo y una madre alcohólica.


Ésta es mi vida. Y aún tiene los cojones de llamarme esa tía para decirme que sufre mucho. Le reventaba. Le hacía pasar por todo lo que paso yo ¡TODO! A ver si así le parecía tan hermoso llevar guantes todo el día... Gilipollas...


Yo, sumergida en sábanas sucias y condones rotos y ella, ¡Ella entre fregonas y trapos!




1 comentario:

  1. El ser humano es un ser insaciable, siempre quiere más, siempre es insuficiente lo que tiene y siempre que puede se queja, aunque solo sea por quejarse.

    Yo mismamente soy un individuo que he cogido afición por quejarme, por tonterías, casi podría decirse que por rutina. No me lo tomo en serio, pero tampoco totalmente en broma. Y eso que ahora no tengo motivos reales para quejarme.

    Hace algún tiempo, realmente pasaba por malos momentos y por mi mente rondaban toda clase de pensamientos pesimistas y cuanto menos preocupantes.
    Y llegó el día, en que me dí cuenta, que aún teniendo una vida de mierda, sentirme en el más profundo de los agujeros había llegado al colmo de todo, teniendo mil motivos razonados para quejarme, me paré a pensar en la cantidad de gente que está peor, sin casa, sin comida, sin rostros amables a su alrededor, pasando frío..... ahí mucha gente se sentiría aliviada (por eso de que mal de muchos es consuelo de tontos) y yo, para empeorarlo, me sentí aún más frustrado, ni siquiera me sentía con el derecho de poder quejarme.


    Así es, somos insaciables, ahora por suerte ha cambiado mucho en mi mundo, y aunque me sigo quejando, esta vez es una forma de recordarme a mi mismo que tengo cosas por las que merece la pena esforzarse, darlo todo y llegar todos los días agotado a mi cama con los deberes cumplidos y la conciencia tranquila.

    Todo depende de los ojos con los que se vea, para eso el primer paso es quitarse los aires de la niña de papá que describe tu relato.

    ResponderEliminar